domingo, 9 de septiembre de 2012

Los Tamangos (7)


Mis intentos por difundir la obra de Bob Dylan entre el personal de Los Tamangos siempre estuvieron condenados al fracaso. Una tarde, en que aprovechando una momentánea ausencia del capataz, Quintana y yo nos tiramos a descansar bajo unos eucaliptus, el tosco peón padre de tres hijos, motonetista y antiguo albañil, se interesó por lo que yo escuchaba en el walkman. Le pasé los auriculares, esperé que se los colocara y subí al máximo el volumen para que pudiera disfrutar de Just like Tom thumb´s blues. El rostro de Quintana adoptó la expresión que de seguro adoptaba cuando, años atrás, debía levantar tres o cuatro bolsas de portland para subir a los andamios. Las cejas se curvaron, el entrecejo se llenó de líneas, el labio inferior se descolgó y las manos, callosas e hinchadas, tendieron a manipular algún mando invisible cercano a los auriculares. ¿Qué le parece?, le pregunté. Rasposo mismo, dijo Quintana devolviéndome los auriculares.
El intento de conversión sobre el finado Richard fue más brusco e involuntario. Una mañana en que trajinábamos con unas pesadas máquinas de sulfatar –que sospechábamos recargadas adrede por la maléfica mano del Capataz-, el finado Richard se apoderó de mi walkman, le dio play al cassetero y escuchó, durante cinco segundos, un fragmento de One too many mornings (que yo había grabado de un programa de Berch Rupenian en Diamante FM). El jucio del finado Richard fue categórico. En medio de una carcajada que mezclaba desprecio y algo de lástima, me dijo: “Dejate de joder”. 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Los Tamangos (6)


Quintana, el finado Richard y yo conformábamos el personal fijo de Los Tamangos. Y el sordo, claro. El capataz vivía con su familia en una casa anexa al galpón, en el centro mismo del establecimiento. Muriño, el dueño, solo aparecía los sábados para pagarnos el sueldo. Estacionaba su Indio colorada en el patio, frente al galpón, bajaba una mesa plegable y una silla y se sentaba a la sombra de la pared a esperar que volviéramos. A veces, cuando regresábamos en la zorra rumbo a las poblaciones, lo veíamos jugando con alguno de los hijos del capataz. Ante él, toda la bravura del sordo se derretía dándole paso a un servilismo nauseabundo, un comportamiento indigno para cualquier hombre y al que Quintana definía como “lambetismo”. El finado Richard, mucho más prosaico, lo llamaba “chupapija”.
En los años que trabajé en Los Tamangos, nunca pude entender quién era Muriño. En los meses de cosecha, desde diciembre a marzo, cuando visitaba con más frecuencia la quinta, tuve oportunidad de dialogar con él y, una vez incluso, acompañarlo en la Indio, con una carga de duraznos hacia el pueblo. Muriño era ingeniero agrónomo y le hablaba a las plantas y a las frutas como si estuviera dirigiéndose a las más queridas mascotas. “Ya te vas a curar”, le decía a una higuera que había sido víctima de una manga de piedras; “Pobrecito, cómo te jodió ese bicho”, proclamaba ante un durazno que había sido atacado por el pulgón. Elevaba la fruta hacia el sol y se quitaba los lentes para verla a otra luz, como quién analiza una joya en busca de impurezas o errores del orfebre. Después se la comía con cáscara y todo. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Nuevo disco de Zimmerman


Amazed at the ocarina upside down o cuando las canciones van por otra vía

por Martín Palacio Gamboa (*)

Abordar el análisis de un disco no es lo más usual de esta página, pero el caso de Zimmerman puede ser un buen comienzo. Quizá por su condición de disparador: ex-guitarrista de Trabuco Naranjero, creador de varios riffs que hicieron de algunas canciones de esta banda verdaderas máquinas de guerra, su estilo se caracterizó por sintetizar cierta pegada garagera, muy deudora del swamp rock (Creedence, JJ Cale, Lynyrd Skynyrd), con el cuidado minimalismo que fue sello de identidad de varias bandas que se anticiparon al grunge en los ochenta (Pixies, Sonic Youth). Sin embargo, Amazed at the ocarina upside down (grabado en el estudio La Victrola, Rocha, entre marzo y abril de 2012) muestra a Zimmerman decantado hacia un estilo más folk y muestra, para sorpresa de varios, su más que bien elaborada veta de cantautor.

El disco cuenta con el formato de un EP: ocho temas que duran, aproximadamente, un total de 28 minutos y en los que se recorre por una variedad de estilos (milonga, bolero, chacarera, baladas) que no implica una falta de rumbo -es de temblar cuando aparecen esos grupos de FM que te largan diciendo que sacaron un disco “ecléctico”-, sino la necesidad de ahondar en un lenguaje musical babélico, cambiante y, aun así, con un hilo secreto que aúna todas sus vertientes: la del tener algo qué decir frente a un mundo que perdió su propia capacidad de generar sentido, a no ser su degradación. No otra cosa sugiere, al escuchar la primera canción, The lords of the mist, cuando esa voz que está entre lo cansino y lo rasposo se manda con los siguientes versos: “There is a criminal sermon / that everything can be explained, and a disorderly crowd. / She likes to be touched / by the hands of the evil. One that runs, another that hopes it to reach, / and so are the days”. Ya con una base melódica menos dada a la atmósfera sombría, y sí al contraste entre un alegre rasgueo cortante bordeando el country en tono mayor (con derecho a una buena armónica haciéndole de fondo, gentileza de Ignacio Fernández de Palleja) y una letra que no esconde un cierto dejo de melancólica ironía adolescente, The Peer Gynt road before the glare apunta al hecho de que “so we will all shooting target, / with the illusion of the joy that doesn't find the occasion”.

Frente a esa sensación de desamparo que entraña el meterse en un universo poco dado a establecer lazos de pertenencia, queda el recuerdo que alimenta el imaginario del barrio. ¿Si suena a cosa tanguera? Sí, suena. Aunque venga al son de un bombo legüero. La chacarera Look at how cries the unhappy (único tema que no fue producido por Zimmerman, sino por Fabián Muñiz) funciona como una breve crónica del bar que se encontraba por la zona del Control en Treinta y Tres en donde “the Tomatera insane and your countertop saw laugh to the child who has died”, pero que en la actualidad del presente sólo se puede decir que “the wind this time is not on your side”. De allí esa condición que por momentos gana el repertorio en su conjunto: cierta aspereza que pide una convocatoria mínima, intimista. Son canciones para ser escuchadas desde el recogimiento, pero no sé si desde la absoluta soledad. Como quien sabe que el paraíso perdido ya no se encuentra a la vuelta de la esquina. El magistral bolero Only the bed saves, en el que participa Malena Muyala, invita a un buen canyengue de dos cuerpos que se buscan pero no sin advertir que hay que apurar “the vessel, drinker, / repeated sorrows. Is currency of cardboard / see so many miseries”. 

Para cerrar, otra observación: Amazed at the ocarina upside down dista de ser una obra conclusiva. Se lo puede escuchar a modo de adelanto. Si bien su producción fue dificultosa, ya que Zimmerman no cuenta con una banda propia, muestra la potencial garra con que sus músicos invitados (y aquí, aparte de los ya citados, vale destacar también la presencia de Martín Barea Mattos, Gustavo Espinosa, Circe Maia, Oskar Makurno) respondieron en términos de arreglos. También en términos de fusión. El rock sigue siendo un referente ineludible a la hora de definir la sonoridad y la actitud de este artista dispuesto a trabajar desde su peculiaridad. Pero ya no es el molde, sino un punto de partida a otra cosa, a otro mapa, otro lenguaje, en el que pueden sintonizarse todas las cosas, todos los mapas, todos los lenguajes.
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(*)- Corresponsal en el Chuy de Rolling Stone Brasil

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Los Tamangos (5)


El descubrimiento de Desolation row está, en mi recuerdo, unido a una de las tantas demostraciones de autoridad del Capataz. El finado Richard y yo estábamos carpiendo unos surcos de zapallos, cada uno con su walkman conectado, sobre el extremo oeste de la quinta. Era una mañana brumosa, un manto de nubes pesadas se posaba sobre en aquel sector del universo. De pronto, todo pareció iluminarse aunque las nubes siguieron fijas en el cielo, engullendo con sus panzas las puntas de los pinos en el repecho. La iluminación llegó por los auriculares: la conductora dijo que íbamos a escuchar un adelanto del Unplugged de Bob Dylan, una canción que pertenecía al disco Highway 61 revisited, uno de los principales trabajos del artista, etc. A continuación, unos aplausos perdidos le dieron paso a un par de guitarras y, tras la introducción, Dylan comenzó con aquello de “They´re selling postcards of the hanging...”. Era demasiado bueno para ser verdad. La cascoteada voz de Dylan sonaba tan nítida por los auriculares como si estuviera junto a nosotros, carpiendo los zapallares. Me detuve de golpe y largué el mango de la azada. El finado Richard, que iba un poco más adelante, en otro surco, se volvió pero no dijo nada. De seguro no quería interrumpir la cumbia de Galaxia FM que estaba escuchando. Virgen, María y José, debo haber dicho y juro que una lágrima gorda y extremadamente salada, se deslizó mejilla abajo rumbo a la pera. Fue entonces cuando apareció el sordo. A diferencia de lo que ocurría todas las mañanas, aquella vez el Capataz había atado al Dóberman por lo que el perro no me avisó de  su proximidad. ¿Pegándote un descansito?, me preguntó mirando la azada caída. Yo manipulé los mandos del walkman pero no lo apagué. Dejé que la voz de Dylan siguiera sonando por lo bajo, como una deidad aliada ante el poder de aquel energúmeno de mierda. ¿No querés que yo siga y vos te echás a dormir debajo de los eucaliptus?, me preguntó. Su ironía era tan fina como el caño de escape del tractor. Allá adelante, el finado Richard no se había vuelto, temeroso de que la furia del capataz le alcanzara o, quizás, ignorante por completo de la escena ante la fuerza de los vientos y los timbales. Agarrá la azada, querés, dijo el sordo. Lo obedecí con celeridad pero no retomé la labor. Mientras la voz de Dylan se apagaba entre los aplausos, miré al sordo a los ojos; si me iba meter un rezongo, quería aguantarlo con dignidad, no inclinado ante él. Pero el sordo no quiso seguir. Acabó su reprimenda con una reflexión. Es increíble, dijo con un hilo de voz, yo preciso este aparato para escucharlos y ustedes precisan ese aparato para no oírme. Asentí y me incliné sobre la tierra revuelta. El sordo dio media vuelta pero, de golpe, se volvió. Seguí rápido, me dijo, y si te llego a ver parado otra vez se les terminan las cumbias esas. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Bob Dylan en Bolonia


En una de las barriadas más pobres de Tampa (Estados Unidos), concretamente en un sitio conocido como Fishcat Bay, vive Richard T. McAlvey, al que todos en el barrio llaman Dylan, el Escocés o Viejo Dylan. Cuando McAlvey no está borracho –lo que ocurre la mayor parte del tiempo-  suele contarle a quien quiera oírle, la historia de la noche que suplantó a Bob Dylan sobre un escenario. Ocurrió en Bolonia, a finales de 2005.

Salía del bar de Willy, acá a la vuelta, llevando un par de botellas y un emparedado de pastrami cuando me detuvieron. Eran dos hombres vestidos de negro, como en las películas esas de los extraterrestres cabezones. Lo siguiente que recuerdo es que viajo, viajo mucho, durante horas o minutos muy largos y que algo me taladra la cabeza. Es como un torno adentro mismo del cerebro, detrás de los ojos. Estoy en una habitación de un hotel del centro de Bolonia. Me doy cuenta porque, al mirar por la ventana, veo el Palacio de Accursio y, al volver la vista al interior, una réplica en miniatura del mismo sobre el televisor apagado. Alguien llama a la puerta y entra. Golpes. Taladros. Luces. Estoy subiendo a un escenario. El guitarrista Stu Kinball me guiña un ojo. Me miro los pies y descubro unas botas de charol en lugar de mis zapatos de tornero. Pantalón negro, chaqueta negra con botones dorados, sombrero negro. Entonces presiento que si palpo el borde de mi labio superior, allí estará ese infame bigotito. La gente aplaude rabiosa. Abrimos con Rainy day woman .

sábado, 1 de septiembre de 2012

Los tamangos (4)


Quintana viajaba a la quinta en una Agrati de cincuenta centímetros cúbicos, una moto tan destartalada y ruidosa que se escuchaba desde varios quilómetros antes de llegar. Para ir al trabajo, Quintana debía levantarse muy temprano y preparar el desayuno para sus tres hijos. Después los llamaba, los servía, los ayudaba a vestirse y los acompañaba a la escuela. Su mujer lo había abandonado por un empleado de Catastro. Quintana nunca mencionaba estas cosas. En la quinta nos enteramos de la historia por boca del capataz, que no paraba de reír mientras la contaba.
Quintana llegaba al galpón, dejaba la moto recostada contra unos tablones y nos saludaba con la mano. A veces, abría el bolso y sacaba un paquete de biscochos que había comprado al salir del pueblo. Nos invitaba y comía con grandes dentelladas. La masa daba varias vueltas entre las encías desnudas antes de desaparecer. No tomaba otro biscocho antes de que los demás termináramos de comer el nuestro. Cuando lo hacíamos, volvía a invitar y se servía él al final. 

viernes, 31 de agosto de 2012

Los Tamangos (3)


Cuando cruzaba el campo desde la quinta hacia mi casa, encendía el walkman para que la música limpiara las esporas de antimateria. Si al cruzar el alambrado comenzaba a escuchar Lily, Rosemary and the Jack of Hearts, la canción terminaba cuando salía a la carretera. Casi nueve minutos a buen tranco, entre espinillos y chircales. Por la carretera: If you see her, say Hello y Shelter from the storm. Y, cuando avistaba mi casa, allá detrás de los eucaliptus, comenzaba Buckets of rain.