Mostrando entradas con la etiqueta Los Tamangos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los Tamangos. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de septiembre de 2012

Los Tamangos (8)


El día que Bob Dylan murió, Quintana, el finado Richard y yo estábamos fertilizando con abono de pollo un cuadro de higueras, en el punto más apartado de la quinta Los Tamangos. Era una mañana de mayo, fresca y húmeda, con un sol que se filtraba a cuentagotas por los orificios que dejaban las nubes sobre las cabezas de los tres hombrecitos con botas y palas; una mañana campera del otoño tardío que anunciaba, en sus tonos grises y en su temperatura, la irrupción cercana del invierno.
Un boletín informativo en una radio AM me informó de los hechos. Bob Dylan. El más importante cantautor del siglo XX. Autor de ese himno generacional llamado Blowin´in the wind. Artista esquivo y fundamental, bla, bla, bla. Muerto de un paro cardíaco tras una grave y repentina dolencia. El mundo entero lloraba, bla, bla, bla.
La bolsa cargada de abono se desprendió de la correa y la bosta y las cabezas de gallos y gallinas se desparramaron por el suelo mojado. Quintana, que avanzaba delante de mí, volvió su colosal cabeza de la misma forma que los bueyes de los labriegos se giraban sobre la melga cuando sentían el tirón de las riendas. El finado Richard, que aquella mañana llevaba la misma camisa azul que luciría el día cercano en que un ómnibus interdepartamental lo pasaría por arriba al salir a la ruta, también se giró. Y comenzó a reír. Su risa, prolongada por el eco del repecho en el que se encontraban las higueras, parecía la carcajada de un auditorio especialmente alegre. El finado Richard no se reía de la muerte de Dylan, que ignoraba, sino de mi postura: hincado sobre la mierda de pollo, con el bolsón vacío cubriéndome como una sábana e intentando despejar, sin éxito, las lágrimas que brotaban y brotaban y no dejaban de brotar. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Los Tamangos (7)


Mis intentos por difundir la obra de Bob Dylan entre el personal de Los Tamangos siempre estuvieron condenados al fracaso. Una tarde, en que aprovechando una momentánea ausencia del capataz, Quintana y yo nos tiramos a descansar bajo unos eucaliptus, el tosco peón padre de tres hijos, motonetista y antiguo albañil, se interesó por lo que yo escuchaba en el walkman. Le pasé los auriculares, esperé que se los colocara y subí al máximo el volumen para que pudiera disfrutar de Just like Tom thumb´s blues. El rostro de Quintana adoptó la expresión que de seguro adoptaba cuando, años atrás, debía levantar tres o cuatro bolsas de portland para subir a los andamios. Las cejas se curvaron, el entrecejo se llenó de líneas, el labio inferior se descolgó y las manos, callosas e hinchadas, tendieron a manipular algún mando invisible cercano a los auriculares. ¿Qué le parece?, le pregunté. Rasposo mismo, dijo Quintana devolviéndome los auriculares.
El intento de conversión sobre el finado Richard fue más brusco e involuntario. Una mañana en que trajinábamos con unas pesadas máquinas de sulfatar –que sospechábamos recargadas adrede por la maléfica mano del Capataz-, el finado Richard se apoderó de mi walkman, le dio play al cassetero y escuchó, durante cinco segundos, un fragmento de One too many mornings (que yo había grabado de un programa de Berch Rupenian en Diamante FM). El jucio del finado Richard fue categórico. En medio de una carcajada que mezclaba desprecio y algo de lástima, me dijo: “Dejate de joder”. 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Los Tamangos (6)


Quintana, el finado Richard y yo conformábamos el personal fijo de Los Tamangos. Y el sordo, claro. El capataz vivía con su familia en una casa anexa al galpón, en el centro mismo del establecimiento. Muriño, el dueño, solo aparecía los sábados para pagarnos el sueldo. Estacionaba su Indio colorada en el patio, frente al galpón, bajaba una mesa plegable y una silla y se sentaba a la sombra de la pared a esperar que volviéramos. A veces, cuando regresábamos en la zorra rumbo a las poblaciones, lo veíamos jugando con alguno de los hijos del capataz. Ante él, toda la bravura del sordo se derretía dándole paso a un servilismo nauseabundo, un comportamiento indigno para cualquier hombre y al que Quintana definía como “lambetismo”. El finado Richard, mucho más prosaico, lo llamaba “chupapija”.
En los años que trabajé en Los Tamangos, nunca pude entender quién era Muriño. En los meses de cosecha, desde diciembre a marzo, cuando visitaba con más frecuencia la quinta, tuve oportunidad de dialogar con él y, una vez incluso, acompañarlo en la Indio, con una carga de duraznos hacia el pueblo. Muriño era ingeniero agrónomo y le hablaba a las plantas y a las frutas como si estuviera dirigiéndose a las más queridas mascotas. “Ya te vas a curar”, le decía a una higuera que había sido víctima de una manga de piedras; “Pobrecito, cómo te jodió ese bicho”, proclamaba ante un durazno que había sido atacado por el pulgón. Elevaba la fruta hacia el sol y se quitaba los lentes para verla a otra luz, como quién analiza una joya en busca de impurezas o errores del orfebre. Después se la comía con cáscara y todo. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Los Tamangos (5)


El descubrimiento de Desolation row está, en mi recuerdo, unido a una de las tantas demostraciones de autoridad del Capataz. El finado Richard y yo estábamos carpiendo unos surcos de zapallos, cada uno con su walkman conectado, sobre el extremo oeste de la quinta. Era una mañana brumosa, un manto de nubes pesadas se posaba sobre en aquel sector del universo. De pronto, todo pareció iluminarse aunque las nubes siguieron fijas en el cielo, engullendo con sus panzas las puntas de los pinos en el repecho. La iluminación llegó por los auriculares: la conductora dijo que íbamos a escuchar un adelanto del Unplugged de Bob Dylan, una canción que pertenecía al disco Highway 61 revisited, uno de los principales trabajos del artista, etc. A continuación, unos aplausos perdidos le dieron paso a un par de guitarras y, tras la introducción, Dylan comenzó con aquello de “They´re selling postcards of the hanging...”. Era demasiado bueno para ser verdad. La cascoteada voz de Dylan sonaba tan nítida por los auriculares como si estuviera junto a nosotros, carpiendo los zapallares. Me detuve de golpe y largué el mango de la azada. El finado Richard, que iba un poco más adelante, en otro surco, se volvió pero no dijo nada. De seguro no quería interrumpir la cumbia de Galaxia FM que estaba escuchando. Virgen, María y José, debo haber dicho y juro que una lágrima gorda y extremadamente salada, se deslizó mejilla abajo rumbo a la pera. Fue entonces cuando apareció el sordo. A diferencia de lo que ocurría todas las mañanas, aquella vez el Capataz había atado al Dóberman por lo que el perro no me avisó de  su proximidad. ¿Pegándote un descansito?, me preguntó mirando la azada caída. Yo manipulé los mandos del walkman pero no lo apagué. Dejé que la voz de Dylan siguiera sonando por lo bajo, como una deidad aliada ante el poder de aquel energúmeno de mierda. ¿No querés que yo siga y vos te echás a dormir debajo de los eucaliptus?, me preguntó. Su ironía era tan fina como el caño de escape del tractor. Allá adelante, el finado Richard no se había vuelto, temeroso de que la furia del capataz le alcanzara o, quizás, ignorante por completo de la escena ante la fuerza de los vientos y los timbales. Agarrá la azada, querés, dijo el sordo. Lo obedecí con celeridad pero no retomé la labor. Mientras la voz de Dylan se apagaba entre los aplausos, miré al sordo a los ojos; si me iba meter un rezongo, quería aguantarlo con dignidad, no inclinado ante él. Pero el sordo no quiso seguir. Acabó su reprimenda con una reflexión. Es increíble, dijo con un hilo de voz, yo preciso este aparato para escucharlos y ustedes precisan ese aparato para no oírme. Asentí y me incliné sobre la tierra revuelta. El sordo dio media vuelta pero, de golpe, se volvió. Seguí rápido, me dijo, y si te llego a ver parado otra vez se les terminan las cumbias esas. 

sábado, 1 de septiembre de 2012

Los tamangos (4)


Quintana viajaba a la quinta en una Agrati de cincuenta centímetros cúbicos, una moto tan destartalada y ruidosa que se escuchaba desde varios quilómetros antes de llegar. Para ir al trabajo, Quintana debía levantarse muy temprano y preparar el desayuno para sus tres hijos. Después los llamaba, los servía, los ayudaba a vestirse y los acompañaba a la escuela. Su mujer lo había abandonado por un empleado de Catastro. Quintana nunca mencionaba estas cosas. En la quinta nos enteramos de la historia por boca del capataz, que no paraba de reír mientras la contaba.
Quintana llegaba al galpón, dejaba la moto recostada contra unos tablones y nos saludaba con la mano. A veces, abría el bolso y sacaba un paquete de biscochos que había comprado al salir del pueblo. Nos invitaba y comía con grandes dentelladas. La masa daba varias vueltas entre las encías desnudas antes de desaparecer. No tomaba otro biscocho antes de que los demás termináramos de comer el nuestro. Cuando lo hacíamos, volvía a invitar y se servía él al final. 

viernes, 31 de agosto de 2012

Los Tamangos (3)


Cuando cruzaba el campo desde la quinta hacia mi casa, encendía el walkman para que la música limpiara las esporas de antimateria. Si al cruzar el alambrado comenzaba a escuchar Lily, Rosemary and the Jack of Hearts, la canción terminaba cuando salía a la carretera. Casi nueve minutos a buen tranco, entre espinillos y chircales. Por la carretera: If you see her, say Hello y Shelter from the storm. Y, cuando avistaba mi casa, allá detrás de los eucaliptus, comenzaba Buckets of rain.

Los Tamangos (2)


Cada vez que en la montaña de abono aparecía el cadáver de una gallina, Quintana le separaba la cabeza y la arrojaba a un bolso colgado en un duraznero, detrás de nosotros. A medida que la mañana avanzaba, el bolso comenzaba a hincharse pero nunca se llenaba por completo. El primer día le pregunté para qué juntaba aquellas cabezas podridas y me respondió que para el curandero. Y eso había bastado.

jueves, 30 de agosto de 2012

Los Tamangos (1)


Una lengua de humo azul se elevaba cada vez que introducíamos la pala en la montaña. El filo de metal cortaba el abono y los restos de pollos muertos; cada palada era un suplicio renovado, un recordatorio inútil de la pudrición de la materia. Sentado en el tractor, con el audífono apagado, el Capataz nos observaba en silencio. Debajo de los mechones de barba canosa y los restos milenarios de tabaco rubio, el muy hijo de puta sonreía. Los dedos nicotinados tamborileaban sobre el volante en extraños compases de su mundo sin sonidos. Echado junto a una rueda trasera, el Dóberman seguía nuestra rutina. Parecía mentira: hasta aquel perro mugriento y traicionero lo pasaba mejor que nosotros.
La mañana se iba extendiendo de a poco, conspirada con el sordo y con el perro. Las palas continuaban su sinfonía en la montaña de mierda. Cada vez que la zorra se llenaba, el capataz se conectaba el audífono, encendía el tractor y nos indicaba que subiéramos. Cómo si no lo supiéramos. Tal vez creía que el hedor del abono nos estaba idiotizando, germinando dentro nuestro pequeños huevos viscosos de antimateria. Sería tan fácil elevar la pala a la altura de sus hombros y desprenderle la cabeza de un solo golpe.